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El 30 de junio de 2026, la Asamblea Nacional adoptó definitivamente la ley sobre la ayuda activa a morir. Sin cláusula de conciencia institucional, los establecimientos católicos están en primera línea. La hora ya no es de indignación, sino de acción.
Habíamos anunciado la votación solemne del 30 de junio como un umbral irreversible: se ha cruzado. La Asamblea Nacional ha adoptado definitivamente la ley que abre la ayuda activa a morir en Francia. Por primera vez desde la abolición de la pena de muerte en 1981, el derecho francés autoriza un acto deliberadamente letal. Monseñor Ulrich, arzobispo de París, había pedido a los diputados que renunciaran. La ley ya ha sido votada.
Adoptada tras tres lecturas en la Asamblea Nacional, la ley permite a personas mayores afectadas por una enfermedad grave e incurable solicitar asistencia médica para morir. Los profesionales sanitarios disponen de una cláusula de conciencia individual. Sin embargo, los establecimientos de salud —incluidos los católicos— no pueden oponer una cláusula de conciencia institucional: deberán derivar a los pacientes a estructuras que acepten practicar el acto letal, so pena de sanciones administrativas. La Alta Autoridad de Salud ya trabajaba, incluso antes de la votación, en definir las sustancias susceptibles de ser utilizadas.
Evangelium Vitae de Juan Pablo II no deja ninguna ambigüedad: la eutanasia es una violación grave de la Ley de Dios, en tanto que asesinato deliberado moralmente inaceptable (EV 65, 1995). El Catecismo de la Iglesia Católica confirma: "Una acción o una omisión que, de suyo o en la intención, da la muerte para suprimir el dolor, constituye un homicidio gravemente contrario a la dignidad de la persona humana y al respeto del Dios vivo, su Creador" (CEC 2277). La misma encíclica zanja además la cuestión de la legitimidad de las leyes civiles en este ámbito: "las leyes que autorizan y favorecen la eutanasia se oponen radicalmente al bien común que deben perseguir" (EV 72). El cardenal Sarah y monseñor Ulrich habían advertido solemnemente que votar esta ley compromete moralmente a cada legislador ante Dios.
La ausencia de cláusula de conciencia institucional coloca a los establecimientos católicos de salud en una situación inédita: o bien conformarse a la ley y traicionar su carisma fundacional, o bien resistir y enfrentar sanciones administrativas o financieras. Los profesionales sanitarios católicos disponen de una protección individual frágil, expuesta a presiones de las administraciones y de los colegas. El episcopado francés deberá decidir rápidamente una línea de acción clara para los hospitales y EHPAD católicos. Los recursos jurídicos —Consejo de Estado, incluso cuestión prioritaria de constitucionalidad— siguen siendo una vía por explorar sin demora.
La movilización católica ha sido real y masiva —marchas, cartas pastorales, peticiones de profesionales sanitarios, llamamientos de teólogos—, pero insuficiente para influir en una votación que se decidió en los pasillos del hemiciclo, no en la opinión pública. La pregunta se plantea con agudeza: ¿dispone la Iglesia de Francia de los instrumentos para una resistencia organizada y duradera? La experiencia neerlandesa (primer país en legalizar la eutanasia, en abril de 2002) y belga (mayo de 2002) muestra que las leyes de ayuda a morir se extienden inexorablemente más allá de los casos iniciales; la vigilancia legislativa deberá ejercerse durante años, no semanas.
"Sé fuerte y valiente" (Jos 1,9). La hora ya no es de peticiones, sino de testimonio concreto y organizado: apoyar financiera y moralmente a los profesionales sanitarios que ejerzan su cláusula de conciencia, acompañar a los establecimientos católicos que se nieguen a someterse, desarrollar masivamente los cuidados paliativos como alternativa creíble y humana. La ley ha sido votada; la Iglesia debe demostrar ahora, con sus actos, que otra forma de acompañar a los moribundos no solo es posible, sino superior.
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Mon oncle, prêtre, dit toujours : « On accompagne jusqu’au bout, même quand le bout fait mal. » La loi change, mais est-ce que ça efface trente ans de soins à l’oreille du mourant ?
Ma mère est morte à la maison, entourée par les sœurs d’un Ehpad catholique. Elles ont tout fait pour adoucir ses derniers jours, sans jamais parler d’aide active. Aujourd’hui, je me demande comment elles vont vivre ce changement.
Leur combat pour la dignité jusqu’au bout reste juste, mais comment éviter que cette loi ne devienne une porte ouverte à l’abandon des plus fragiles ?
Et si on parlait des soignants catholiques qui, eux, vont devoir choisir entre leur métier et leur conscience ?
Si l’Église refuse d’appliquer la loi, les patients catholiques devront-ils choisir entre leur foi et leur liberté ?
Ma sœur, en soins palliatifs, répétait : « J’ai peur qu’on me laisse seule. » On parle de loi, mais c’est d’abord ça, la vraie urgence.
En Bretagne, on disait toujours : « Mieux vaut mourir debout qu’à genoux ». Mais mourir seul, avec une piqûre, c’est pas mourir debout. L’accompagnement, c’est ça la vraie dignité.
C’est vrai que face à cette loi, on peut se demander si l’Église ne devrait pas montrer l’exemple autrement : en accueillant mieux les malades, en accompagnant jusqu’au bout sans abandon.
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