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El cardenal Robert Sarah cuestiona la autoridad canónica de restringir el rito tradicional, en un contexto de tensión en torno a Traditionis custodes y las excomuniones lefebvristas.
Desde Traditionis custodes (motu proprio del 16 de julio de 2021), el papa Francisco ha subordinado la celebración de la misa según el misal de 1962 a la autorización expresa del obispo diocesano, invirtiendo parcialmente el régimen establecido por Summorum Pontificum (Benedicto XVI, 2007). León XIV, elegido en mayo de 2026, aún no ha aclarado su lectura pastoral del dossier. En paralelo, el decreto de excomunión latae sententiae de los obispos de la FSSPX del 2 de julio de 2026 ha reabierto la cuestión del acogimiento eclesiástico de la sensibilidad tradicional. Es en este panorama tenso que el cardenal Robert Sarah, prefecto emérito del Culto Divino (2014-2021), ha tomado públicamente la palabra.
Según LifeSiteNews (17 de julio de 2026), el cardenal Sarah ha sugerido que la Iglesia « carece de autoridad » para suprimir la misa tridentina, apoyándose en la continuidad litúrgica inmemorial consagrada por Quo Primum (Pío V, 1570) y en el argumento desarrollado por Benedicto XVI según el cual un rito antiguo no puede ser simplemente abrogado por un acto administrativo. No llama a la desobediencia, pero recuerda una distinción canónica y teológica. Su intervención llega cuando varios obispos europeos esperan orientaciones romanas sobre las solicitudes de celebración de la forma extraordinaria.
La cuestión planteada es la de la naturaleza exacta del poder litúrgico del Pontífice romano. El magisterio ha distinguido siempre el poder de organizar el culto, reconocido a la Sede Apostólica por Sacrosanctum concilium (Vaticano II) n° 22, y el respeto debido a las tradiciones vivas de la Iglesia, protegidas por la lex orandi. Benedicto XVI, en la carta a los obispos que acompañaba Summorum Pontificum, afirmaba que un rito « santificado por un uso largo y venerable » no podía ser proscrito sin herir la continuidad viva de la fe. El cardenal Sarah sitúa su discurso en esta línea, no en una contestación de la obediencia debida al Soberano Pontífice.
Una palabra cardenalicia de esta naturaleza compromete la reflexión doctrinal en el momento en que Roma debe pronunciarse sobre las solicitudes de regreso de antiguos miembros de la FSSPX y sobre el destino de las parroquias adheridas al rito tradicional. Coloca el pontificado de León XIV ante una elección de método: hermenéutica de la continuidad, o consolidación de la línea restrictiva heredada de Traditionis custodes.
El discurso, mantenido fuera del marco magisterial, se enmarca en la expresión teológica personal y no modifica el estado del derecho canónico. Sus adversarios verán en ello un desafío a la autoridad pontificia; sus defensores, un recordatorio de los límites intrínsecos de un poder ministerial que no es un poder absoluto. La distinción, para ser operativa, exige ser recibida con matices y sin instrumentalización partidista.
Orar por la unidad de la Iglesia y por la inteligencia litúrgica de sus pastores. Redescubrir la profundidad de los textos del Vaticano II sobre la liturgia, en particular Sacrosanctum concilium, evitando las caricaturas en ambos bandos.
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Artículo producido por inteligencia artificial, revisado bajo control editorial humano.
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