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Más de ochenta agresiones contra cristianos documentadas en tres meses según Vatican News. La minoría cristiana de Israel paga el precio del silencio.
Hemos informado, la semana pasada, sobre el llamamiento conjunto de los Patriarcas de Jerusalén para defender la presencia cristiana milenaria en Tierra Santa. Un informe del Religious Freedom Data Center (RFDC), que abarca el segundo trimestre de 2026 y fue difundido el 6 de julio por Vatican News, confirma sus preocupaciones: se han documentado más de ochenta ataques contra cristianos en Israel en los últimos tres meses.
Desde la reanudación de las hostilidades en Gaza y la creciente militarización de la sociedad israelí, las tensiones confesionales se intensifican en Jerusalén, Galilea y varias ciudades mixtas. Los cristianos, menos del dos por ciento de la población, sufren escupitajos, degradaciones de iglesias, agresiones verbales, a veces físicas, sin que los autores sean perseguidos. El contexto político interior, dominado por una coalición que integra a los partidos ultraortodoxos y la extrema derecha religiosa, desinhibe los actos de violencia.
El informe del RFDC, citado por Vatican News, registra más de ochenta incidentes entre abril y junio de 2026. Los episodios incluyen profanaciones de tumbas, incendios de vehículos parroquiales, lanzamiento de piedras contra procesiones e intimidación de escolares cristianos. La Obra de Oriente ha documentado durante mucho tiempo esta erosión pastoral; será necesario comparar con el próximo informe anual de la AED. Lo que llama la atención es la ausencia casi sistemática de condena política local.
La Iglesia ha hecho de Tierra Santa una de sus prioridades permanentes. Juan Pablo II, en su Carta Apostólica Redemptionis Anno del 20 de abril de 1984, recordaba que Jerusalén es un patrimonio espiritual común a los fieles de las tres religiones monoteístas, y que sus comunidades cristianas tienen derecho a un estatus protegido que garantice la libre expresión de su fe. El Concilio Vaticano II, en Nostra Aetate n. 4, llama al respeto fraternal entre los hijos de Abraham. El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, en los nn. 421-427, recuerda que la libertad religiosa es la primera de las libertades civiles y se aprecia en la protección concreta de las minorías. Dignitatis Humanae, en el n. 2, precisa que este derecho se enraíza en la dignidad misma de la persona humana. Lo que sufren hoy los cristianos de Israel constituye su prueba práctica.
Sin intervención diplomática del Santo Sede y sin movilización de los cristianos de Occidente, la presencia cristiana en Tierra Santa, ya reducida de veinte a menos de dos por ciento de la población desde 1948, desaparecerá en una generación. Las piedras vivas preceden siempre a las piedras muertas.
Persiste un punto ciego: la mediación occidental rara vez separa la causa cristiana del conflicto israelí-palestino global. Sin embargo, los cristianos de Tierra Santa no son ni árabes musulmanes ni colonos israelíes. Su causa exige un tratamiento distinto.
Orar por la Iglesia madre de Jerusalén, apoyar concretamente la Obra de Oriente y la AED, escribir a los elegidos europeos para que la protección de los cristianos de Tierra Santa figure explícitamente en los acuerdos de asociación de la Unión.
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