EuropeReservado a miembros 26/06/20260Añadir a favoritos

En un momento en que la Unión Europea debate sobre sus valores fundadores y en que la COMECE multiplica los llamamientos a reconectar con el patrimonio cristiano del continente, la fórmula profética de Juan Pablo II sobre Europa que "se suicida" al romper con el Evangelio recupera una agudeza singular.
Una cita atribuida a Juan Pablo II es recordada en el debate católico europeo de este inicio de verano de 2026: "Una Europa desvinculada del Evangelio corría el riesgo de suicidarse entregándose a su propia caída."
Esta formulación, retomada en la estela de las posiciones expresadas por la COMECE (Comisión de los Episcopados de la Unión Europea) durante su asamblea plenaria de primavera, circula en varios medios católicos europeos como un diagnóstico que la actualidad institucional de la UE confirma semana tras semana.
El contexto político es preciso: la presidencia irlandesa de la UE (Irlanda = primer país católico en legalizar el aborto por referéndum en 2018 y el matrimonio homosexual en 2015) es invitada a "recordar a la UE sus orígenes cristianos". La COMECE Youth Net, que reúne a jóvenes católicos de toda Europa en Bruselas, ha colocado esta cuestión en el centro de sus trabajos. Los talibanes han sido recibidos en Bruselas en visita oficial para discutir sobre inmigración, lo que ilustra la desorientación de los valores en el discurso institucional europeo.
El legado institucional cristiano de la UE no es una opción facultativa. Los padres fundadores de la construcción europea - Konrad Adenauer, Alcide De Gasperi, Robert Schuman (en proceso de beatificación) - eran democristianos convencidos. Su visión de Europa se arraigaba en la dignidad de la persona humana tal como la definen la filosofía tomista y la doctrina social católica. No es una anécdota histórica: es el ADN institucional del proyecto europeo.
La desolidarización progresiva. Desde los debates sobre la Constitución europea de 2004-2005 (rechazo a inscribir las raíces cristianas en el Preámbulo), las instituciones europeas han adoptado una neutralidad que rápidamente se convierte en hostilidad: financiación de proyectos antirreligiosos con fondos europeos, presión sobre los Estados miembros que mantienen una protección legislativa de la conciencia, promoción de derechos reproductivos que entran en conflicto directo con la libertad religiosa.
La paradoja de la presidencia irlandesa. Irlanda es invitada, desde su presidencia rotatoria, a recordar las raíces cristianas de Europa. Pero es Irlanda la que, en el espacio de diez años, ha legalizado el matrimonio homosexual (2015), el aborto (2018) y se dispone a ir más lejos en materia de eutanasia. Esta paradoja no es irlandesa: es europea. La capacidad de recordar sus raíces supone no haberlas cortado por completo.
La juventud católica europea como contra-señal. La COMECE Youth Net, que reúne a jóvenes católicos de veintisiete países en Bruselas, representa una realidad que las instituciones europeas prefieren ignorar: existe en Europa una juventud cristiana viva, comprometida, que no se reconoce en el discurso de los derechos sin fundamento y de los valores sin contenido. Esta red es discreta. Es real.
Juan Pablo II dedicó una exhortación apostólica entera a Europa: Ecclesia in Europa (2003). En ella escribe que Europa "necesita una relectura de su historia que le permita reencontrar el hilo conductor de su tradición cristiana" (EiE, n. 109). Y más adelante: "Sin el alimento de la Palabra y de los sacramentos, Europa corre el riesgo de volverse espiritualmente árida, incapaz de transmitir a las generaciones siguientes lo que la hizo grande" (EiE, n. 57).
Benedicto XVI, en su discurso ante el Parlamento Europeo de Estrasburgo el 25 de noviembre de 2014, retomó este diagnóstico: las instituciones europeas corren el riesgo de perder su alma si cortan el hilo que las une a su herencia moral y espiritual. No es un juicio político. Es un análisis de filosofía política que la tradición católica sostiene desde Santo Tomás de Aquino.
La doctrina de la subsidiariedad (Rerum Novarum, Centesimus Annus) recuerda que las instituciones europeas no pueden sustituir a las naciones, a las familias y a las Iglesias en la transmisión de los valores. Pueden crear condiciones favorables. No pueden crear el contenido.
Europa está viviendo una crisis de identidad que no es solo económica o geopolítica. Es antropológica y espiritual.
La fórmula de Juan Pablo II sobre el "suicidio" de una Europa sin Evangelio no es una retórica alarmista. Es una descripción clínica: una civilización que ya no sabe por qué existe, y que por tanto no puede transmitir razones para vivir a sus hijos, se vacía de sí misma.
Para los católicos europeos, la respuesta no es nostálgica. Es misionera. No se trata de recuperar privilegios institucionales. Se trata de proponer de nuevo, en la plaza pública europea, una visión del hombre y de la ciudad fundada en la dignidad inalienable de cada persona.
La COMECE Youth Net lo ha entendido. La cuestión es saber si Bruselas la escuchará.
Contemplando la Europa de hoy, veo como un llamado a renovar la esperanza. Europa ha sido evangelizada y ha evangelizado al mundo. Puede hacerlo de nuevo, si recupera sus raíces.
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Jeunesse catholique et institutions européennes : la COMECE forme ses relais